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Manuel Aguirre Roca: periodista y magistrado. Arturo Salazar Larraín

Posteado por: Guille en: Julio 3, 2009

Artículo de Arturo Salazar Larraín en el suplemento de análisis legal  Jurídica número 257, de 30 de junio de 2009, del diario El Peruano.

Hace cinco años falleció en Lima Manuel Aguirre Roca, gran abogado y reconocido hombre de prensa. Los amigos de mi generación le debemos no sólo el mejor recuerdo de la amistad personal sino, particularmente, el ejemplo público de una vida que, con obsesión, estuvo centrada y comprometida con la realización y la administración de justicia en el Perú;  una justicia que, sin alejarse del rigor científico del derecho, garantizara, al mismo tiempo, el derecho que nace con las personas, lo que los juristas llaman un ius que es iustum.

JUSTICIA Y DERECHO

Y fue así como Aguirre Roca, en pos de ese propósito, inició el itinerario que desde su juventud lo llevaría, primero a buscar tribuna para su prédica de justicia en el periodismo innovador de los años 50. Luego, para protagonizar una huelga de hambre que, en protesta por la violación del derecho de los universitarios arequipeños, llevó él mismo a cabo en el rectorado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (UNMSM), «como expresión de solidaridad y lucha principista, jurídica y democrática».

Antes de concluirse la huelga, Aguirre Roca tendría que afrontar la hostilidad de la dictadura militar de entonces y las secuelas de lo que vendría a ser su deportación a España. Aprovecharía esa circunstancia para retomar su vieja pasión por el derecho, logrando ingresar en la Universidad de Salamanca y continuó hasta obtener, con honores, la licenciatura de abogado en España.

ABOGADO Y ACADÉMICO

Hasta entonces, pocos –o quizá ninguno– de sus amigos conocía sus quilates académicos. Manuel nunca los exhibía. En 1948, poco antes de su reingreso a San Marcos, había ya obtenido en la Universidad de Harvard, con excelencia, la licenciatura en Humanidades y Filosofía. Tras su deportación y luego de obtener la licenciatura de abogado en España, Aguirre Roca postula y logra una beca de estudios doctorales en la Facultad de Derecho de la Universidad de París-Sorbonne en la especialidad de Derecho Internacional Privado.

César Delgado Barreto, a la sazón en París, en esa misma Facultad, refiere que en junio de 1957, Aguirre Roca se doctoró en Derecho Internacional Privado con una tesis de 450 páginas, escrita en inobjetable francés, que mereció del Profesor Henri Batiffol, la más alta calificación: “mention très bien”. Delgado Barreto consideraba a Batiffol «autoridad mundial en esa especialidad». Actualmente, Delgado Barreto es director de Estudios de Posgrado de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP).

ENEMIGO DE LAS DICTADURAS

Con todo ese bagaje académico Aguirre Roca regresa al Perú a ejercer su profesión en un conocido bufete de abogados, sin abandonar –sino por el contrario abrazar apasionadamente– su antigua tribuna periodística en defensa del derecho vulnerado de los demás, especialmente, el de sus colegas periodistas atropellados siempre por las dictaduras.

Otra vez se enfrenta a una dictadura militar -aún más férrea que la que le deportó- y asume en la televisión la defensa de la libertad de prensa conculcada por el mal llamado «Estatuto de Libertad de Prensa» (Decreto Ley N° 18075). En los Tribunales de Justicia plantea, y gana, recursos de hábeas corpus en favor de los periodistas deportados por la dictadura. Años después, la Federación de Periodistas del Perú (FPP) le rindió homenaje póstumo de reconocimiento a su coraje y a su lucidez. Y me pidieron que hablara de Manuel y de su vocación a periodística.

PERIODISTA

Entre tantos méritos y virtudes ¿qué es lo que debemos recordar de la conducta de periodista y de jurista de Manuel Aguirre Roca? ¿Qué es lo que esa vida y ese empeño siguen enseñando al país? Ante tanta vida ejemplar, ante tanta escuela de virtudes y profesionalismo de hombre de prensa, me vi obligado a reducir el comentario solo a la función que cumplió él en la prensa y la responsabilidad del periodismo en la sociedad peruana.

Me fue posible decir de Manuel Aguirre Roca, lo grande que fue en el periodismo, y circunscribirme, entonces, al recuerdo y a la nostalgia de un periodista sobre otro periodista, dirigido a periodistas, para hablar, asimismo, de periodismo, en casa de los periodistas.

“ERA DE UNA SOLA PIEZA”

El cimiento de los actos y actitudes de Aguirre Roca fue su «integridad moral y personal»; integridad que consiste en ser siempre él mismo, en todos los instantes y circunstancias de la vida. Alguno de sus más cercanos amigos resumía esa virtud en una breve frase: “era de una sola pieza.” ¿Qué es ser de una sola pieza? Es, sin duda, ser íntegro, es decir, poseer y exhibir todas sus partes, no ser o aparecer incompleto o mutilado; esto es, no dejarse fraccionar ni por los halagos, ni por el poder ni por el dinero.

En la ética profesional se habla, por eso, de la integridad como de una cualidad inherente a la persona misma del periodista o del magistrado. En el terreno profesional del periodismo eso implica dejar de lado la simple técnica de comunicar o el arte de blandir una espada sobre la cabeza, la honra o la deshonra de las personas.

El periodismo se concibe, por eso, como el punto de equilibrio que da la templanza de alma de quien escribe o relata algo para los demás. Ese punto de equilibrio que siempre está con la verdad y que, sin duda, no cambia por un plato de lentejas, una amenaza o un odio oculto en los pliegues del alma. Aguirre Roca no cedió a ninguna de esas tentaciones. Nadie mejor que él –y nada mejor que su vida y su terca manera de ser libre, entero y transparente– para analizar el poco explorado tema de la ligazón que existe entre las partes de esa unidad trinitaria compuesta por el periodismo, el periodista y su conciencia moral.

UNIDAD TRINITARIA

Esa unidad trinitaria fue Aguirre Roca; unidad trinitaria que, lamentablemente, en el ejercicio profesional se fractura tantas veces; empero, fue Manuel quien se propuso restaurar con el ejemplo de su vida, tanto de periodista como de abogado; tanto de hombre público como de magistrado, en los más altos niveles, llevar el ejemplo y la enseñanza moral. Sus editoriales llevaban su espíritu, su alma, su sapiencia, su bondad y su ejemplo.

Ni la noticia ni el comentario, ni el titular ni la columna, ni la crónica ni el editorial dejan de ser, de alguna manera, expresión –aunque fuera marginal– de quien los escribe, los describe, los estiliza, los hace comprensibles y, finalmente, los logra difundir en ese vasto y diverso horizonte que llamamos público, audiencia, lectoría o –con verdadero exceso– opinión pública. Tampoco la justicia deja de tener, como centro de gravedad, al hombre mismo y deja de estar sujeta, por tanto, a los errores de la razón y a su peligrosa vecindad con el poder y los intereses que lo asedian.

Ejercer el periodismo y administrar justicia, lejos de las tentaciones de una razón que pierde contacto con la ética; y lejos también de las tentaciones y agresiones del poder, son tareas especiales que se encomiendan a seres especiales. Uno de esos seres especiales fue Manuel Aguirre Roca, a quien, por eso, le fue dado sufrir la arbitrariedad del poder frente a la independencia y al rigor jurídico de su magisterio. Dos fueron esos desencuentros: en el Tribunal de Garantías Constitucionales, con sede en Arequipa, y en el Tribunal Constitucional de Lima. En ambos se le dio finalmente la razón.

MAGISTRADO

Tanto en el periodismo frente al acontecimiento humano como en la administración de justicia frente a la ley y al derecho de las personas, es necesario que exista coherencia entre lo que se describe o se juzga y la verdad del acontecimiento y la materia que se juzga. Y en ambos casos debe haber correspondencia entre la biografía del periodista o del juez, y la verdad y la autenticidad de sus dichos o sus sentencias. Algunos llaman a esta indispensable relación “integridad personal”; otros la llaman “coherencia” o, asimismo, “honestidad profesional”. Nosotros preferimos considerarla como la simple, única e inevitable respuesta a la voz de la “conciencia moral” de cada periodista o magistrado.

Pero, ¿qué es la conciencia moral frente al simple estatuto de la empresa periodística o al equilibrio de las fuerzas políticas que se enfrentan tras un caso judicial? La conciencia moral ¿es sólo invención de los mojigatos o de los profesionales fuera de época? Sobre la conciencia moral se ha preocupado, sin embargo, gente como Aristóteles, Tomás  de Aquino, Immanuel Kant, Adam Smith y una larga lista de ilustres pensadores. Nadie de esa categoría, y durante tanto tiempo, se podría haber ocupado de algo irreal, fantasmagórico, que no vale la pena tener en cuenta.

En setiembre de 1982, Aguirre Roca fue elegido vocal del Tribunal de Garantías Constitucionales (TGC) con la más alta votación de la representación nacional. En ese Tribunal no tardaría él en presentar numerosos votos singulares y fundamentación jurídica (80% del total) que dejaban en claro su independencia de criterio y su notable versación jurídica. Y llegó al TGC el caso del cómputo de votos del proceso electoral. Para el presidente Tribunal y para algunos de los vocales, el posible voto de Aguirre Roca no se compadecía con el proyectado por ellos. No extraña, por tanto, que se festinaran trámites y plazos y se produjera un sorteo clandestino mediante el cual Manuel dejaba de ser miembro del TGC. La batalla fue larga y dura. Aguirre Roca logró no sólo que el Congreso aprobara una nueva ley sobre el sorteo sino, y principalmente, dejara en claro que había defendido no un caso personal, sino de derecho y plena justicia.

La Constitución de 1993 crea el Tribunal Constitucional (TC). Aguirre Roca postula y es elegido vocal de ese nuevo Tribunal por 103 votos a favor y 1 en contra. Desempeña su función, como era de esperar, ajustándose a los principios jurídicos de los que era un profundo y respetuoso conocedor. Pero llega a ellos también la ley de « Interpretación Auténtica de la Constitución» mediante la cual se pretendía legalizar una tercera elección consecutiva del presidente Fujimori y, desde luego, del asesor presidencial Vladimiro Montesinos. En esta oportunidad, la agresión y la ofensa jurídica al fallo del TC llegó hasta el límite de la acusación constitucional y la destitución de Aguirre Roca, Delia Revoredo y Guillermo Rey Terry. Fue ésta, sin duda, la más tenaz, infatigable y lúcida campaña personal, legal y jurídica, empeñada por Aguirre Roca, que fue llevada hasta sus últimas consecuencias ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos(CIDDHH), la cual condenó al Estado peruano, y desagravió plenamente a los tres magistrados, ordenando –entre otras cosas– su reposición.

El Congreso de Transición que presidió, en su primera fase el ilustre constitucionalista y demócrata Valentín Paniagua Corazao, declaró “nulas y sin efecto alguno” las resoluciones de destitución de los tres magistrados (RLC 007-2000) y, en consecuencia, a partir del 18 de noviembre del 2000, los tres magistrados “destituidos” fueron reincorporados en sus funciones, y Manuel Aguirre Roca fue elegido, por sus colegas, presidente del TC, cargo que asumió el 12-12-2000.

El doctor Aguirre Roca, a través de su vida, dejó una herencia de consecuencia e integridad, volcado por entero a la lucha por “la restitución del derecho violado”, por su rectitud, su probidad y su respeto por la justicia.

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