Chile en manos peruanas. Sobre Guerreros civilizadores de Carmen McEvoy

Chile en manos peruanas, texto sobre Guerreros civilizadores  de Carmen McEvoy. La Tercera de Chile, Reportajes.  15 octubre 2011. Aquí.
Por Juan Manuel Vial.
Hace 132 años nuestra nación celebraba un triunfo clave en la Guerra del Pacífico: el 8 de octubre de 1879, tras el combate de Angamos, Perú no tan sólo perdió a su mejor almirante, Miguel Grau, sino que también sufrió la captura del temible acorazado Huáscar, con lo cual el océano Pacífico se extendía a merced de la flota chilena. En apariencia, la victoria estaba zanjada a favor de Chile. Sin embargo, el conflicto que había comenzado pocos meses antes, y que enfrentó a nuestro país con sus dos vecinos del norte, estaba lejos de terminar. De hecho, contra todo pronóstico optimista, la reyerta se encontraba recién en su etapa inicial. Entrevistada a través de un intercambio de e-mails, la distinguida historiadora peruana Carmen Mc Evoy, quien acaba de publicar Guerreros Civilizadores, el mejor estudio sobre el tema aparecido en décadas, sostiene, refiriéndose a este hecho puntual, que en realidad la Armada peruana nació con Grau, “y como institución, se ha forjado a la sombra de su heroísmo. Angamos, vale decir, es su cantar de gesta. Por el otro lado, para percibir cómo se vivieron las hazañas de Grau entre abril y octubre de 1879 [combate naval de Iquique incluido], habría que recordar las palabras que Manuel González Prada, el intelectual peruano, escribiera en 1885: ‘Nadie ignoraba que el triunfo rayaba en lo imposible, atendida la superioridad de la Escuadra chilena; pero el orgullo nacional se lisonjeaba de ver en el Huáscar un caballero andante de los mares'”.
Guerreros Civilizadores es un libro peculiar, y es en la suma de sus peculiaridades en donde reside buena parte de su importancia (el volumen cumple con la rara función de ser provocador para el ignorante y enriquecedor para el erudito). En primer lugar, como ya se ha dicho, la autora es peruana, pero el énfasis de su contundente escrito está puesto en cómo se vivió el conflicto aquí. Y al momento en que éste trascendió nuestras fronteras, en cómo los chilenos percibieron al enemigo en su propio entorno. Es más: las fuentes de Guerreros Civilizadores son exclusivamente chilenas, y provienen, valga insistir, de archivos chilenos, entre los que se cuenta el colosal e interesantísimo papeleo que dejó Benjamín Vicuña Mackenna, quien, dicho sea de paso, fue un factor fundamental a la hora de insuflarle al pueblo una buena dosis de patriotismo.
A mí me parece que la figura de Arturo Prat no es tan grandiosa como el mito de él que ayudó a crear Vicuña Mackenna. Es por eso que te pregunto: ¿hubo personajes que tras su actuación en esta guerra realmente merecen el calificativo de héroes? ¿Los hubo en los bandos antagonistas de Chile?
Aunque reconozco y me conmueven las historias de heroísmo personal de Prat, de Grau y de centenares de combatientes chilenos, bolivianos y peruanos de la Guerra del Pacífico, mucho más me conmueven las historias de los individuos que, metidos en el tráfago de la guerra, debieron hacer lo posible no solamente por sobrevivir y cumplir su misión de destruir al enemigo, sino también encontrarles sentido a los tremendos desafíos de todo tipo que confrontaron, en particular, encontrarle sentido al hecho de matar y hacerse matar por una causa abstracta.
¿Por qué crees que desde hace tanto tiempo que en Chile no se ha escrito un estudio sobre la Guerra del Pacífico como el tuyo, sobre todo si consideramos la importancia de un conflicto que, entre otros beneficios, a los chilenos les inculcó la noción de patria y patriotismo?
La guerra provocó una notable producción historiográfica patriótica que dio la sensación de agotar el tema. En las últimas décadas se enfatizó en las dimensiones sociales o culturales del conflicto, como también en las bélicas, pero mucho más que en las políticas o ideológicas. Acaso mi libro refleje una necesidad de esclarecer, más bien, un capítulo particularmente complicado de la historia peruana; motivación que, por diversas razones, no ha estado presente en los colegas chilenos.
Otra singularidad de este libro es la forma en que enfrenta la batería de mitos que, de tan repetidos a lo largo de los años, han pasado a ser parte de una versión oficial bastante dudosa. Mc Evoy, que pasó largo tiempo en Chile investigando y que se desempeña como profesora de la Universidad de Sewanee, ubicada en Tennessee, se cuida de no herir sensibilidades, pero, considerando que las fuentes consultadas son chilenas, no queda demasiado espacio para rebatir el juicio. Cómo ignorar, por ejemplo, las elocuentes palabras que Domingo Santa María dirigió a Antonio Varas en una carta fechada en junio de 1879 (A Santa María, futuro presidente de la República, le correspondería poner fin a la guerra en 1883): “No diviso luz en parte alguna, sino bien al contrario profunda oscuridad. Vamos a cometer una escabrosa empresa sin hombres competentes que la dirijan, y en la cual sufrido un descalabro, el país va a descender muchos estados abajo… Vamos a jugar a una carta toda nuestra bolsa”. Mc Evoy es clara en demostrar que “el Ejército chileno no se encontraba preparado para sostener una conflagración internacional de la magnitud de la que se desencadenó en febrero de 1879”. Y uno, como lector atento del relato, no puede dejar de especular con una duda permanente, la cual, por cierto, no le corresponde a ella dilucidar: ¿qué papel jugó la providencia, el azar o la buena fortuna en el triunfo de Chile?
Parte relevante del completo estudio de Mc Evoy está dedicado al rol que jugó la Iglesia en el conflicto armado contra Perú y Bolivia. En el capítulo titulado “Dios y patria: el derrotero de la guerra santa”, la autora ofrece valiosa información que prueba, sin posibilidad de error, el siguiente postulado: “La retórica sagrada logró transformar una guerra por recursos económicos en una cruzada por la redención y purificación de la nación vecina”. O este otro: “Los conceptos de la eternidad, de la ciudadanía celestial y del heroísmo cristiano, manejados diestramente por el clero chileno, fueron poderosas armas de persuasión en la difícil tarea de convencer a miles de soldados de que debían olvidarse de sus seres queridos y morir por un abstracto llamado ‘patria y religión'”.
¿Cómo se explica, en pocas palabras, que la iglesia chilena haya apoyado con tanta decisión y fervor una campaña militar que, bajo el pretexto de “civilizar” a “un par de países bárbaros”, terminó aportándole a Chile un botín de incalculables riquezas materiales?
Lamentablemente, la pregunta no se puede responder con brevedad, pues requiere una respuesta compleja que no quisiera simplificar (remito a los lectores por ello al capítulo 3 de mi libro). De ninguna manera, asimismo, soy la primera en plantear el tema del papel de la Iglesia, de la “retórica sagrada” en un proceso bélico de contenido “civilizador”. Se trata, por otro lado, de un argumento muy contemporáneo.
Sería acertado, entonces, suponer que el concepto de patria-religión, así, unificado bajo una sonoridad bicéfala y vaga, pero distinguible de muchas formas en la historia chilena reciente, haya sido creado a raíz de la Guerra del Pacífico por un clero beligerante?
En mi libro ubico este proceso de construcción ideológica dentro de los parámetros de disputas de mediano plazo entre los sectores liberales y conservadores, y es así, creo, como debe entenderse el papel de la iglesia en la dimensión retórica de la guerra.
Desde la perspectiva serena que otorga el siglo y tanto desde que terminó la guerra, ¿era Chile en 1879 un país medianamente “civilizado” como para imponer la civilización a otras naciones? (Una idea desarrollada con suma diligencia en el libro, y desde diferentes ángulos, es el rol “civilizador” que se abrogó Chile al marchar contra sus rivales, concepto que explica el título del mismo).
-No creo que se trate de un tema de evaluar cuantitativamente o cualitativamente hasta qué punto era Chile un país civilizado, sino del papel que cierta autoimagen tuvo en una cierta elaboración nacionalista que coadyuvó en el esfuerzo bélico.
Según queda establecido en Guerreros Civilizadores, el afán “civilizador” de las tropas chilenas no duró mucho tiempo, esto si es que alguna vez fue algo más profundo que una declaración de buenas intenciones tendiente a dotar de gracia a los combatientes y a proyectar una imagen internacional respetable. Hechos como los ocurridos en Mollendo y Lima -los saqueos, incendios, violaciones y borracheras descontroladas que protagonizó la soldadesca chilena- llevaron a que Máximo Lira, un testigo privilegiado de aquellos horrores (Lira, que fue secretario del general Baquedano, estuvo involucrado en el manejo político y militar del conflicto), le explicara a Isabel Errázuriz, por medio de una carta escrita en suelo peruano y fechada en febrero de 1880, lo siguiente: “También es cierto que si nuestros rotos no fueran asesinos y ladrones, no podrían tampoco ser conquistadores, y aquí la conquista no es otra cosa que un gran robo a mano armada”.
A lo largo de tu libro das curso a una concepción sumamente llamativa y muy en boga durante la época del conflicto, la cual sostenía que Lima, para buena parte de la sociedad chilena, tanto civil, religiosa y militar, era “la Sodoma Sudamericana” y que, a consecuencia de ello, “el encuentro entre el Ejército chileno y Lima adquirió las características de una cita de amor con una prostituta de lujo”. ¿Por qué no aparece mencionada ninguna vez la palabra “violación” en referencia a esa conocida debilidad de la soldadesca chilena?
No tengo una respuesta precisa al respecto, salvo subrayar que las imágenes a que se refiere esta pregunta proceden directamente de las fuentes y que reflejaban una retórica que circulaba en la prensa y que capturó la imaginación de muchos protagonistas.
¿Por qué crees tú que la historiografía chilena reciente no se ha hecho cargo de las tropelías y salvajadas cometidas por la tropa en lugares como Mollendo y Lima?
-No es una pregunta que yo este en posición de contestar.
¿Es sensato sostener que la clase alta peruana traicionó a su país al mantener el mismo prejuicio racial que sirvió a la sociedad chilena para desacreditar a sus enemigos nortinos?
-No cabe duda de que la guerra desnudó las profundas fracturas de la sociedad peruana a medio siglo de vida independiente. Como es obvio, el problema de construir una “peruanidad” cohesionada no ha sido sencillo posteriormente.
En ciertas versiones estadounidenses e inglesas, a la Guerra del Pacífico se le conoce como “la guerra del salitre”. Y alguna vez leí, aunque no recuerdo dónde, que el asunto en definitiva se habría tratado de un conflicto soterrado entre Estados Unidos e Inglaterra, potencia que finalmente lo ganó. ¿Qué hay de cierto en ello?
Esa es una de las muchas fórmulas simplificadoras que se elaboraron a través de los años con el fin desplazar -cual fuera haya sido la intención- responsabilidades a fuerzas imperialistas y, por ende, manipuladoras.
¿Quién lleva la razón en el diferendo diplomático entre Perú y Chile que se resolverá el próximo año en La Haya?
Quien sea que obtenga el respaldo de esa instancia internacional, espero que sea el fin cabal del legado jurídico-político de la Guerra del Pacífico. El siglo XXI nos espera con sus grandes desafíos e inmensas oportunidades. La única manera de abordarlos será mediante la integración regional.
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