Manuel Jesús Orbegozo. MJO


Profesor  Emérito Manuel Jesús Orbegozo (1923 – 2011); Doctor, Honoris Causa por la UNMSM. En 1989 se publicó (MJO) Entrevistas. Hombres y hechos del Mundo (Lluvia Editores). Este extracto pertenece al texto titulado Jorge Luis Borges. Prendido de mi brazo, páginas 31-32:

… Días antes, Jorge Luis Borges, bajo el pretexto de tomar un café, estuvo en manos de un grupo de criollos intelectuales legítimos y de los otros, ante quienes ratificó que él no creía en una literatura comprometida. Al terminar la reunión uno de ellos me dijo: “Mira, te regalo a Borges con sus libros y todo”. Yo estuve a punto de aceptar el regalo, pero me di cuenta que era demasiado para mí. Me vi obligado a rechazarlo.

- Y, bueno, yo soy sincero, yo escribo para cuatro de mis amigos, más íntimos. Cuando empecé no creí que iba a tener tanto lector, como tampoco pensé que iban a proponerme para el Premio Nóbel, sabiendo que hay tan grandes escritores en mi país y fuera de él, ¿no?.

Borges bebió una largo sorbo de leche como para ahogar su vanidad, esa especie de falsa modestia que es comidilla de sus detractores.

- No, no es falsa modestia, ¿no, María Esther? ¿No es verdad que soy modesto, que soy modesto de verdad? Decílo vos, María Esther!, le impreca a María Esther.

Y, la fiel salta como un resorte de su sofá y dice: “Sí, eres modestísimo, Jorge Luis, vos podés dar lecciones de humildad”.

La alevosía de mi duda ha despertado  más protestas. En el sofá de al lado, hay un hombre de Alabama que está contra la discriminación racial o, ¿será un dominicano que está contra los “marines” norteamericanos? (Yo no sé quién es ese hombre y a mí no me gusta inventar nada, pero también ha protestado. Yo lo miro tercamente y él rehuye mi desafío. Se tapa la cara con el diario que ojea donde se habla de un asesinato brutal).

- Y si el asesino fuera Ud., Borges, ¿cómo reaccionaría?, ¿como el Quijote cuando descubre que en lugar de matar un molino de viento ha matado a un hombre?

Homero o diré, Borges, ha quedado mudo.

El no reacciona de otra manera porque todo esto no es sino una hipótesis, la primera; o reaccionaría, patéticamente, porque Borges está convencido de que él es una proyección de otro yo, del que sería incapaz de cometer un crimen, hipótesis segunda; o, saltando sobre la tercera y la cuarta, Borges sería indiferente porque él sabe bien que el muerto es ilusorio como es el revólver que aún humea en su mano y “él mismo y toda su vida pretérita y los vastos dioses y el Universo”.

- Y, bueno, qué rara la pregunta que me hace Ud. La verdad es que soy cobarde ante el dolor físico, pero creo que he de ser valiente ante la imagen de la muerte; no sé, en fin. Una vez, fui al oculista. Después de examinarme, me dijo: “Dentro de un mes Ud. va a perder la vista”. Yo recibí la noticia con serenidad e indiferencia y estaba por creerme valiente, cuando mi madre me hizo salir de mi duda: “Sentáte, ché, me dijo, porque vas a desmayarte”. Y, bueno, yo no sé dónde reside la valentía… 

“No olvides que la maldad medita”. José Tola


Presentación de Soy puerto para el Bien, soy puerto para el Mal – Editorial Mesa Redonda - de José Tola a cargo de Fernando Ampuero, Raúl Tola y Sandra López. 32 Feria del Libro Ricardo Palma. 22 de octubre 2011.

Una piedra en el zapato de César Hildebrandt. 32. ª Feria del Libro Ricardo Palma.


Presentación de Una piedra en el zapato de César Hildebrandt junto a Nelson Manrique, Maribel De Paz y Jorge Coaguila en la 32. ª Feria del Libro Ricardo Palma. Organizó: Tierra Nueva Editores (Iquitos). Pueden ver un extracto aquí.
Sobre sus referencias literarias, expresó:
“Yo tengo como lector viejo y más o menos sistemático muchos referentes, pero si alguien me pusiera contra la pared y me exigiera que diera nombres, unos cuantos nombres, el primero que me salta es  González Prada, pero también Mariátegui, me refiero al viejo, imagínense que ambigua frase; esos son referentes morales. Referentes literarios muchísmos. Me gusta Congrains, algo de Scorza, Valdelomar, Vargas Llosa, César Moro, algunas cosas de Westphalen, me gusta Vallego, he saqueado a Vallejo y siempre es inagotable, Arguedas, pero también Alegría que fue un gran tipo, los Perros Hambrientos es una gran novela; Jorge Pimentel que tiene cosas estupendas. En el exterior la primera referencia es Sartre. Mi paradigma. El macanudo viejo que se murió haciendo lo suyo. Tratando de animar a la gente a que el descontento se convirtiera en punto de vista, en veto y en solicitud de justicia. Para que el malestar se convirtiera en indignación y la indignación en programa político. Así se murió Sartre. Maravilloso viejo. No claudicó. Yo estaba en el colegio cuando leo la noticia de que Sartre rechaza el premio Nobel de Litetatura. Estaba en el cuarto año de secundaria en el Leoncio Prado. Había leído la Náusea y el primer tomo de los Caminos de la Libertad, El Aplazamiento. Y ya lo admiraba. Sucede normalmente que a lo largo de los años la gente se va apagando, contradiciendo, se va menoscabando y con Sartre no ocurrió. Sartre fue obstinado en su meta y es algo que yo siempre he admirado…”

El holocausto de “Testimonio”. Hildebrandt declara para “Marka”.

Eduardo Rada. Cátedra de estudios del cerebro


Poeta Eduardo Rada. Cátedra de estudios del cerebro. 15 de octubre 2011.  C.C.Ricardo Palma.

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Una mirada de la Guerra del Pacífico según la historiadora peruana Carmen McEvoy. Diario, El Mercurio de Chile



Texto publicado  sobre libro de historiadora Carmen McEvoy  Guerreros civilizadores: política, sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico”. Artes y Letras, diario El Mercurio de Chile.

Una mirada de la Guerra del Pacífico según la historiadora peruana Carmen McEvoy

La académica culmina una investigación de varios años en archivos chilenos para sacar a luz una historia de la Guerra del Pacífico. “En la medida que se profundiza en su estudio, la Guerra del Pacífico es menos memoria lacerante o epopeya espartana y más pasado histórico”, afirma.
DANIEL SWINBURN
Carmen McEvoy es muy conocida en nuestro medio, entre los historiadores. Al revisar en su libro la larga lista de agradecimientos a colegas chilenos vivos que le ayudaron de una u otra manera a dar a luz esta investigación, pareciera que no se omite a “nadie”, conocedor de la historia de Chile del siglo XIX. También despierta curiosidad la amplia gama de archivos, fondos y bibliotecas chilenas revisadas por McEvoy durante varios años. Este es un libro íntegramente investigado en Chile, pero también, podría afirmarse, socializado acá. Carmen McEvoy conoce aristas de la sociedad chilena actual, lo que seguramente hará que su libro no se lea sólo como un mero ejercicio disciplinario. “Guerreros civilizadores: política, sociedad y cultura en Chile durante la Guerra del Pacífico” es el resultado de un largo y ambicioso plan de investigación que edita Ediciones Universidad Diego Portales.
Carmen McEvoy es historiadora y profesora en University of the South, Sewanee (EE.UU.). Sus última publicaciones son: “Funerales Republicanos en América del Sur: Tradición, ritual y nación” (Santiago, 2006); “La República Peregrina. Hombres de armas y letras en América del Sur, 1800-1884″ (Lima, 2007), y más recientemente “Soldados de la República: Guerra, correspondencia y memoria en el Perú, 1834-1844″ (Lima, 2010).
-Como historiadora peruana, ¿cuál es su motivación para estudiar la Guerra del Pacífico desde la óptica de la república vencedora?
“La Guerra del Pacífico es uno de los eventos más importantes del siglo XIX en Sudamérica. El conflicto armado significó un cambio radical en las fronteras de Bolivia, Chile y el Perú. La derrota por un lado y la victoria por otro colaboraron en la forja de mentalidades, conductas e incluso actitudes muy particulares. En mi caso específico, es obvio que como ciudadana peruana no puedo escapar de una historia nacional que me ha marcado, sin embargo, como latinoamericanista, pienso que la pasión que la guerra aún despierta no ha permitido que se le estudie como un hecho del pasado. Un hecho que tiene un contexto, una dinámica y una lógica política y cultural sumamente interesante.
Por mucho tiempo la historiografía peruana estuvo entrampada en una visión “traumática” de la guerra. Una visión que anteponía la humillación y el dolor, un enfoque tremendista de la derrota, a la asimilación racional y analítica del acontecimiento dentro del marco de la construcción republicana peruana. Mirar al otro bando permite salir de dicho entrampe, insertar la contienda en un marco más amplio; el gran contexto de la Guerra del Pacífico es el de la construcción de estado-naciones en el viejo territorio del Virreinato del Perú. Y, en ese sentido, la “marginalidad” chilena frente a la “centralidad” peruana fue más favorable para forjar un estado-nación más apto para afrontar los retos de la cohesión interna y la consolidación externa que trajo la “era del capital”.
-Desde el punto de vista de la tradición historiográfica y narrativa chilena sobre este hecho, ¿cuál es la contribución que quiere hacer usted a dicha tradición con su libro?
“Aunque mi libro se sitúa, más bien en el debate latinoamericano sobre la construcción de naciones en el XIX, reconozco que puede significar un aporte crítico al debate historiográfico propiamente chileno sobre el tema; del singular nacionalismo chileno, sobre todo; singular por su cohesión interna y su agresividad (por la razón o por la fuerza) de índole portaliana. Una mirada desde los bordes, una suerte de ‘visión de los vencidos’ obliga a revisar visiones celebratorias o teleológicas, largamente establecidas”.
-Y en su país, ¿cómo se inserta este libro dentro de la tradición de historiadores sobre la Guerra del Pacífico?
“Como dije antes, la historiografía peruana de las últimas décadas ha pugnado por romper la visión “traumática” de la guerra. Una visión estacionaria e infértil que ha comenzado a ser desplazada por investigaciones que, por ejemplo, exploran la dimensión regional de la guerra, la participación indígena, la dimensión internacional, la ocupación y, por supuesto, la dimensión propiamente militar. La campaña de la Breña, en particular, emerge como tema favorito, no sólo por razones patrióticas sino porque aparece como una ventana para explorar aspectos muy complejos de la sociedad peruana atizados y revelados por la dinámica bélica. En mi caso, al haber tenido la oportunidad de trabajar archivos chilenos, no solamente he logrado dar una visión del contendor sino iluminar aspectos importantes de la guerra al poder consultar imprescindibles fuentes peruanas retenidas hace más de un siglo en archivos chilenos”.
-Este libro está realizado a partir de archivos exclusivamente chilenos. ¿Pudo acceder a documentos, cartas y otro tipo de fuentes que constituyeran una novedad para el estudio de la guerra?
“Aparte de una amplia consulta de la prensa regional, de los Ministerios de Guerra, de Gobierno, de las cartas de presidentes, militares, ministros y soldados, las fuentes procedentes del archivo de Benjamín Vicuña Mackenna me han permitido no sólo reconstruir el discurso del nacionalismo chileno sino rastrear su influencia específica en los múltiples actores de la guerra. Lo anterior ha sido posible debido al excepcional trabajo de recopilación documental y testimonial realizado por Vicuña Mackenna, quien se propuso escribir una suerte de historia de la guerra en tiempo real. El político y periodista articuló una excepcional maquinaria comunicacional que incluía desde la captura de documentos peruanos como parte del esfuerzo bélico hasta la entrevista a cientos o acaso miles de soldados que retornaban del campo de batalla”.
-¿Cómo fue la experiencia de trabajar en los archivos chilenos?
“El orden, la amplitud y la fuerte institucionalización de los archivos chilenos es lo que me ha permitido la detallada reconstrucción que mi libro presenta; ese nivel de detalle es imprescindible para la confección de un libro que, más que demostrar una determinada teoría, presenta la historia de una vanguardia política confrontada con la contingencia y, subsecuentemente, cómo esa vanguardia fue capaz de montar acaso la más notable y eficiente maquinaria de guerra del XIX latinoamericano”.
-El libro maneja como concepto clave aquel que titula el libro: “Guerreros civilizadores”. ¿Cuál es el significado de este concepto en el desarrollo de su tesis?
“Recobra para nuestra comprensión de la historia el papel de las ideas, de la ideología, como la argamasa que cohesiona e imprime dirección a miles de voluntades individuales. En este caso, esa idea era que la guerra contra Bolivia y Perú -con todas sus implicancias morales, psicológicas, humanitarias- era, fundamentalmente, un imperativo de la historia, el choque inevitable entre la marcha de Chile hacia la civilización que, para concretarse, debía superar el obstáculo del ‘atraso’ y la ‘barbarie’ de sus vecinos norteños. Una especie de ‘destino manifiesto’ que, en rigor, propiciaba una reescritura de la historia en la que el viejo territorio remoto ajustaba cuentas con la vieja metrópoli colonial”.
-¿En qué medida piensa usted, los trabajos históricos recientes pueden contribuir a distender la mirada actual que existe en Chile y Perú sobre la Guerra del Pacífico?
“En la medida que se profundiza en su estudio, la Guerra del Pacífico es menos memoria lacerante o epopeya espartana y más pasado histórico, lo que abre las puertas para elaboraciones menos pasionales y más racionales y realistas. Pienso que si la guerra deja de habitar en el presente, es decir si la transformamos en objeto de estudio, ella puede convertirse en un laboratorio fascinante para los historiadores de la región”.
*El texto fue publicado el 21 de agosto 2011.
** Foto tomada previa a presentación de libro en Auditorio del Centro Cultural Ricardo Palma. 23 de agosto 2011.

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Fuente: Ver:

Formato de Queja – Ocma


El Colegio de Abogados de Lima pone a disposición de los usuarios,  el formato de Queja- Ocma. Ver: http://www.cal.org.pe/:

Directiva que establece parámetros para la calificación y sanción de quejas maliciosas y  Resolución de Jefatura número 187-2010-J-OCMA/PJ.

Lima, enero 22 de 2012. Jueces inspectores reforzarán labor de OCMA en procesos disciplinarios.

Destacan la creación de “jueces inspectores” en el Poder Judicial que permitirá reforzar la labor de la Oficina de Control de la Magistratura (Ocma) en los procesos disciplinarios que se abran a magistrados a nivel nacional, destacó el titular de la Corte Superior de Justicia de Lima, Héctor Lama More.
“Estos jueces inspectores son magistrados que visitarán las cortes a nivel nacional y dependerían del Órgano de Control de la Magistratura. En términos generales estarán preparados profesionalmente para labores específicas de procesos disciplinarios, declaró a la Agencia Andina.
Precisó que la creación e implementación de los jueces inspectores es una iniciativa que viene siendo perfeccionada para hacer más eficiente la labor de control en el Poder Judicial.
“Esta labor (de los jueces inspectores), busca hacer más eficiente la labor de control que ya realiza la Ocma”, puntualizó.
El presidente del Poder Judicial, César San Martín, explicó días atrás sobre la creación de la figura del juez inspector, que formaría parte de la agenda judicial de seguridad ciudadana y permitiría la realización de auditorías judiciales más rigurosas y efectivas.
En otro momento, Lama More exhortó a los jueces a resolver sus expedientes con prontitud, ponderación y razonabilidad, con la respectiva fundamentación ajustada a Ley.
Tras destacar la independencia de los jueces en la emisión de sus resoluciones, Lama More dijo que estas deben sustentarse únicamente en lo actuado en el proceso, la ley y la Constitución, sin permitir interferencia de ningún tipo.
ANDINA

Lima, 15 de octubre 2012. La Ocma decidió imponer a un letrado la multa de 4 URP por queja maliciosa.

Los ensayos de Luis Loayza por Mario Vargas Llosa


Diario El País, 11 de abril de 2011. Los ensayos de Luis Loayza por Mario Vargas Llosa. Acá:

Estos textos son un canto de amor a la literatura. Nos muestran, de manera contagiosa, que las obras logradas enriquecen la vida, la hacen más comprensiva y llevadera, nos civilizan y humanizan.

Es un placer leer los ensayos de Luis Loayza y, a la vez, es imposible no sentir, mientras uno goza con ellos, esa melancólica tristeza que nos inspiran las buenas cosas que se acaban, que el tiempo va dejando atrás. Porque el ensayo literario que Loayza ha practicado toda su vida fue el que escritores como Edmund Wilson y Cyril Connolly en el mundo anglosajón, o Paul Valéry, Jean Pauhlan y Maurice Blanchot en Francia, o Alfonso Reyes, Octavio Paz y Ortega y Gasset en español utilizaron para expresar sus simpatías y diferencias a la vez que, al hacerlo, escribían textos de gran belleza literaria.

En nuestro tiempo, la crítica se ha apartado de esa buena tradición y escindido en dos direcciones que están, ambas, a años luz de la que encarnan los ensayos de Luis Loayza. Hay una crítica universitaria, erudita, generalmente enfardelada en una jerga técnica que la pone fuera del alcance de los no especialistas y, a menudo, vanidosa y abstrusa, que disimula detrás de sus enredadas teorizaciones lingüísticas, antropológicas o psicoanalíticas, su nadería. Y hay otra, periodística, superficial, hecha de reseñas y comentarios breves y ligeros, que dan cuenta de las nuevas publicaciones y que no disponen ni del espacio ni del ánimo para profundizar algo en los libros que comentan o fundamentar con argumentos sus valorizaciones.

El ensayo al que yo me refiero es a la vez profundo y asequible al lector profano, libre y creativo, que utiliza las obras literarias ajenas como una materia prima para ejercitar la imaginación crítica y que, a la vez que enriquece la comprensión de las obras que lo inspiran, es en sí mismo excelente literatura. Para lograr ambas cosas hace falta amar de veras los libros, ser un lector pertinaz, estar dotado de lucidez y sutileza de juicio, y escribir con inteligencia y claridad.

Luis Loayza tiene todo ello en abundancia. Hasta ahora ha sido un autor poco menos que secreto, en torno al cual ha ido surgiendo una especie de culto entre los jóvenes escritores peruanos, que hacían milagros para leerlo, porque tanto sus relatos como sus ensayos habían aparecido en ediciones de escasa difusión, algo clandestinas, por el absoluto desinterés que él tuvo siempre por la difusión de su obra, algo a lo que parece haberse más bien resignado debido a la presión de sus amigos. Loayza es uno de esos extrañísimos escritores que escribe por escribir, no para publicar.

Había la idea de que, además de secreto, era autor de una obra muy breve. Pero, ahora que la Universidad Ricardo Palma, de Lima, ha tenido la magnífica idea de publicar dos volúmenes con sus ensayos y relatos, se advierte que esta obra no es tan escasa, que en sus casi 77 años de vida Luis Loayza ha escrito una considerable cantidad de textos, que, además, tienen la virtud de ser de pareja calidad, de notable coherencia intelectual y de una gran elegancia literaria.

Yo hablo ahora de sus ensayos porque acabo de releerlos, y no de sus relatos, pues me guardo ese placer para más adelante, pero sé que también en estos últimos aparece esa prosa tan persuasiva, limpia y clara, impregnada de ideas, de buen gusto, juiciosa y delicada, que enaltece al autor tanto como al que la lee. Loayza es uno de los grandes prosistas de nuestra lengua y estoy seguro de que tarde o temprano será reconocido como tal.

Ya lo era cuando yo lo conocí, en la Lima de los años cincuenta. Aunque ahora nos veamos muy poco, no creo que haya cambiado mucho. Lector voraz, desdeñoso de la feria y la pompa literaria, ha escrito sólo por placer, sin importarle si será leído, pero, acaso por eso mismo, todo lo que ha escrito exhala un vaho de verdad y de autenticidad que engancha al lector desde las primeras frases y lo seduce y tiene magnetizado hasta el final. Sus ensayos cubren un vasto abanico de temas y de autores y delatan un espíritu curioso, cosmopolita, políglota, en el que, pese a haber vivido tantos años en el extranjero -París, Nueva York, Ginebra- ese Perú donde hace cerca de 20 años no pone los pies, está siempre presente, como una enfermedad entrañable.

Hable del Ulises de Joyce, de la biografía de Borges que escribió Rodríguez Monegal, o de la breve aparición de dos personajes peruanos en Rojo y negro de Stendhal y En busca del tiempo perdido de Proust, los ensayos de Loayza resultan siempre sorprendentes y originales, por la perspectiva en que los temas son abordados, o por la astuta observación que desentraña en esos textos aspectos y significados que nadie había percibido antes que él. Es el caso de la serie de estudios que consagró al Novecientos, en los que ese período de la cultura y la historia peruana resucita con un semblante totalmente inédito.

Loayza nunca hace trampas. No hay, en este volumen de casi 500 páginas, una sola de esas frases pretenciosas en que los críticos inevitablemente caen alguna vez, para exhibir su vasta cultura, o esos oscurantismos mentirosos que disimulan su indigencia de ideas y su vanidad. Y hay, en cambio, en todos ellos, siempre, un esfuerzo de claridad y sencillez que el lector siente como una prueba de consideración y respeto hacia él, y de probidad intelectual. En los extensos análisis, como el prólogo que escribió para su traducción de las obras de De Quincey, o las dos o tres páginas deliciosas que dedica a “Simbad el Maligno”, los ensayos de Loayza son un canto de amor a la literatura. Todos ellos nos muestran, de manera contagiosa, que la literatura enriquece la vida, la hace más comprensiva y llevadera, que las obras logradas nos civilizan y humanizan, alejándonos del bruto que llevamos dentro, ese que fuimos antes de que los buenos libros, las buenas historias, la buena poesía y la buena prosa, lo domesticaran y enjaularan.

Al mismo tiempo que leía los ensayos de Luis Loayza he estado hojeando los tres números de la revista Literatura que sacamos con él y con Abelardo Oquendo en la Lima de finales de los años cincuenta, cuando éramos tres letraheridos que aprovechábamos todos los minutos libres que nos dejaban los trabajos alimenticios para vernos y hablar y discutir con pasión y fanatismo de libros y autores. Por esa época, Loayza contrajo una curiosa alergia contra todo lo feo que se encontraba al paso en este mundo. Una desagradable exposición de pintura, una mala película, un poema vulgar, un bípedo antipático, y empezaba a ponerse muy pálido, se le hundían los ojos y le sobrevenían incómodas arcadas. Abelardo y yo nos burlábamos, creyendo que exageraba. Pero había una honda verdad en esa pose. Porque ese rechazo de la fealdad es un rasgo perenne de todo lo que ha escrito. No hay en esta colección de ensayos elaborados a lo largo de toda su vida nada que desentone, ofenda, desmoralice o disguste al lector. Y sí, siempre, una pulcritud y rigor en la palabra y en la idea que lo llenan de halago y gratitud.

Tenía algo de temor con esta reedición de Literatura que ha hecho la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, pues pensaba que los años podían haber destrozado aquella revista juvenil. Pero, no, no hay en sus páginas nada de qué avergonzarse. Protestamos contra la pena de muerte, rendimos homenaje a César Moro -casi desconocido entonces-, polemizamos contra el realismo socialista, publicamos bellos poemas de Raúl Deustua y de Sebastián Salazar Bondy, un hermoso cuento de Paul Bowles, traducido por Loayza, y nos solidarizamos con los barbudos que en la Sierra Maestra se habían alzado contra la dictadura de Batista. Todas sus páginas expresan la inconmensurable ilusión de ser escritores alguna vez. Muy decoroso, en verdad.

En estos días en que el Perú, para no perder la costumbre, parece a punto de cometer un nuevo suicidio político, ha sido grato escapar de la cruda realidad por unas cuantas horas al día y refugiarme, gracias a Luis Loayza, en la añoranza de la juventud, la amistad y la buena literatura.

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