Homenaje de la Cámara Peruana del Libro a la Dra. Martha Hildebrandt Pérez Treviño


Homenaje de la Cámara Peruana del Libro a la Dra. Martha Hildebrandt Pérez Treviño y presentación de su libro Mil frases y mil palabras peruanas. Participaron: Marco Martos, Jaime Carbajal, Beto Ortiz y Eugenia Mont. 32 Feria del Libro Ricardo Palma.

 

Foto Diario El Comercio.

José María Eguren. Centenario de la aparición de Simbólicas


José María Eguren. Homenaje en Casa de la Literatura. Celebración del centenario de la aparición de Simbólicas. Marzo 2011.

Chile en manos peruanas. Sobre Guerreros civilizadores de Carmen McEvoy


Chile en manos peruanas, texto sobre Guerreros civilizadores  de Carmen McEvoy. La Tercera de Chile, Reportajes.  15 octubre 2011. Aquí.
Por Juan Manuel Vial.
Hace 132 años nuestra nación celebraba un triunfo clave en la Guerra del Pacífico: el 8 de octubre de 1879, tras el combate de Angamos, Perú no tan sólo perdió a su mejor almirante, Miguel Grau, sino que también sufrió la captura del temible acorazado Huáscar, con lo cual el océano Pacífico se extendía a merced de la flota chilena. En apariencia, la victoria estaba zanjada a favor de Chile. Sin embargo, el conflicto que había comenzado pocos meses antes, y que enfrentó a nuestro país con sus dos vecinos del norte, estaba lejos de terminar. De hecho, contra todo pronóstico optimista, la reyerta se encontraba recién en su etapa inicial. Entrevistada a través de un intercambio de e-mails, la distinguida historiadora peruana Carmen Mc Evoy, quien acaba de publicar Guerreros Civilizadores, el mejor estudio sobre el tema aparecido en décadas, sostiene, refiriéndose a este hecho puntual, que en realidad la Armada peruana nació con Grau, “y como institución, se ha forjado a la sombra de su heroísmo. Angamos, vale decir, es su cantar de gesta. Por el otro lado, para percibir cómo se vivieron las hazañas de Grau entre abril y octubre de 1879 [combate naval de Iquique incluido], habría que recordar las palabras que Manuel González Prada, el intelectual peruano, escribiera en 1885: ‘Nadie ignoraba que el triunfo rayaba en lo imposible, atendida la superioridad de la Escuadra chilena; pero el orgullo nacional se lisonjeaba de ver en el Huáscar un caballero andante de los mares’”.
Guerreros Civilizadores es un libro peculiar, y es en la suma de sus peculiaridades en donde reside buena parte de su importancia (el volumen cumple con la rara función de ser provocador para el ignorante y enriquecedor para el erudito). En primer lugar, como ya se ha dicho, la autora es peruana, pero el énfasis de su contundente escrito está puesto en cómo se vivió el conflicto aquí. Y al momento en que éste trascendió nuestras fronteras, en cómo los chilenos percibieron al enemigo en su propio entorno. Es más: las fuentes de Guerreros Civilizadores son exclusivamente chilenas, y provienen, valga insistir, de archivos chilenos, entre los que se cuenta el colosal e interesantísimo papeleo que dejó Benjamín Vicuña Mackenna, quien, dicho sea de paso, fue un factor fundamental a la hora de insuflarle al pueblo una buena dosis de patriotismo.
A mí me parece que la figura de Arturo Prat no es tan grandiosa como el mito de él que ayudó a crear Vicuña Mackenna. Es por eso que te pregunto: ¿hubo personajes que tras su actuación en esta guerra realmente merecen el calificativo de héroes? ¿Los hubo en los bandos antagonistas de Chile?
Aunque reconozco y me conmueven las historias de heroísmo personal de Prat, de Grau y de centenares de combatientes chilenos, bolivianos y peruanos de la Guerra del Pacífico, mucho más me conmueven las historias de los individuos que, metidos en el tráfago de la guerra, debieron hacer lo posible no solamente por sobrevivir y cumplir su misión de destruir al enemigo, sino también encontrarles sentido a los tremendos desafíos de todo tipo que confrontaron, en particular, encontrarle sentido al hecho de matar y hacerse matar por una causa abstracta.
¿Por qué crees que desde hace tanto tiempo que en Chile no se ha escrito un estudio sobre la Guerra del Pacífico como el tuyo, sobre todo si consideramos la importancia de un conflicto que, entre otros beneficios, a los chilenos les inculcó la noción de patria y patriotismo?
La guerra provocó una notable producción historiográfica patriótica que dio la sensación de agotar el tema. En las últimas décadas se enfatizó en las dimensiones sociales o culturales del conflicto, como también en las bélicas, pero mucho más que en las políticas o ideológicas. Acaso mi libro refleje una necesidad de esclarecer, más bien, un capítulo particularmente complicado de la historia peruana; motivación que, por diversas razones, no ha estado presente en los colegas chilenos.
Otra singularidad de este libro es la forma en que enfrenta la batería de mitos que, de tan repetidos a lo largo de los años, han pasado a ser parte de una versión oficial bastante dudosa. Mc Evoy, que pasó largo tiempo en Chile investigando y que se desempeña como profesora de la Universidad de Sewanee, ubicada en Tennessee, se cuida de no herir sensibilidades, pero, considerando que las fuentes consultadas son chilenas, no queda demasiado espacio para rebatir el juicio. Cómo ignorar, por ejemplo, las elocuentes palabras que Domingo Santa María dirigió a Antonio Varas en una carta fechada en junio de 1879 (A Santa María, futuro presidente de la República, le correspondería poner fin a la guerra en 1883): “No diviso luz en parte alguna, sino bien al contrario profunda oscuridad. Vamos a cometer una escabrosa empresa sin hombres competentes que la dirijan, y en la cual sufrido un descalabro, el país va a descender muchos estados abajo… Vamos a jugar a una carta toda nuestra bolsa”. Mc Evoy es clara en demostrar que “el Ejército chileno no se encontraba preparado para sostener una conflagración internacional de la magnitud de la que se desencadenó en febrero de 1879″. Y uno, como lector atento del relato, no puede dejar de especular con una duda permanente, la cual, por cierto, no le corresponde a ella dilucidar: ¿qué papel jugó la providencia, el azar o la buena fortuna en el triunfo de Chile?
Parte relevante del completo estudio de Mc Evoy está dedicado al rol que jugó la Iglesia en el conflicto armado contra Perú y Bolivia. En el capítulo titulado “Dios y patria: el derrotero de la guerra santa”, la autora ofrece valiosa información que prueba, sin posibilidad de error, el siguiente postulado: “La retórica sagrada logró transformar una guerra por recursos económicos en una cruzada por la redención y purificación de la nación vecina”. O este otro: “Los conceptos de la eternidad, de la ciudadanía celestial y del heroísmo cristiano, manejados diestramente por el clero chileno, fueron poderosas armas de persuasión en la difícil tarea de convencer a miles de soldados de que debían olvidarse de sus seres queridos y morir por un abstracto llamado ‘patria y religión’”.
¿Cómo se explica, en pocas palabras, que la iglesia chilena haya apoyado con tanta decisión y fervor una campaña militar que, bajo el pretexto de “civilizar” a “un par de países bárbaros”, terminó aportándole a Chile un botín de incalculables riquezas materiales?
Lamentablemente, la pregunta no se puede responder con brevedad, pues requiere una respuesta compleja que no quisiera simplificar (remito a los lectores por ello al capítulo 3 de mi libro). De ninguna manera, asimismo, soy la primera en plantear el tema del papel de la Iglesia, de la “retórica sagrada” en un proceso bélico de contenido “civilizador”. Se trata, por otro lado, de un argumento muy contemporáneo.
Sería acertado, entonces, suponer que el concepto de patria-religión, así, unificado bajo una sonoridad bicéfala y vaga, pero distinguible de muchas formas en la historia chilena reciente, haya sido creado a raíz de la Guerra del Pacífico por un clero beligerante?
En mi libro ubico este proceso de construcción ideológica dentro de los parámetros de disputas de mediano plazo entre los sectores liberales y conservadores, y es así, creo, como debe entenderse el papel de la iglesia en la dimensión retórica de la guerra.
Desde la perspectiva serena que otorga el siglo y tanto desde que terminó la guerra, ¿era Chile en 1879 un país medianamente “civilizado” como para imponer la civilización a otras naciones? (Una idea desarrollada con suma diligencia en el libro, y desde diferentes ángulos, es el rol “civilizador” que se abrogó Chile al marchar contra sus rivales, concepto que explica el título del mismo).
-No creo que se trate de un tema de evaluar cuantitativamente o cualitativamente hasta qué punto era Chile un país civilizado, sino del papel que cierta autoimagen tuvo en una cierta elaboración nacionalista que coadyuvó en el esfuerzo bélico.
Según queda establecido en Guerreros Civilizadores, el afán “civilizador” de las tropas chilenas no duró mucho tiempo, esto si es que alguna vez fue algo más profundo que una declaración de buenas intenciones tendiente a dotar de gracia a los combatientes y a proyectar una imagen internacional respetable. Hechos como los ocurridos en Mollendo y Lima -los saqueos, incendios, violaciones y borracheras descontroladas que protagonizó la soldadesca chilena- llevaron a que Máximo Lira, un testigo privilegiado de aquellos horrores (Lira, que fue secretario del general Baquedano, estuvo involucrado en el manejo político y militar del conflicto), le explicara a Isabel Errázuriz, por medio de una carta escrita en suelo peruano y fechada en febrero de 1880, lo siguiente: “También es cierto que si nuestros rotos no fueran asesinos y ladrones, no podrían tampoco ser conquistadores, y aquí la conquista no es otra cosa que un gran robo a mano armada”.
A lo largo de tu libro das curso a una concepción sumamente llamativa y muy en boga durante la época del conflicto, la cual sostenía que Lima, para buena parte de la sociedad chilena, tanto civil, religiosa y militar, era “la Sodoma Sudamericana” y que, a consecuencia de ello, “el encuentro entre el Ejército chileno y Lima adquirió las características de una cita de amor con una prostituta de lujo”. ¿Por qué no aparece mencionada ninguna vez la palabra “violación” en referencia a esa conocida debilidad de la soldadesca chilena?
No tengo una respuesta precisa al respecto, salvo subrayar que las imágenes a que se refiere esta pregunta proceden directamente de las fuentes y que reflejaban una retórica que circulaba en la prensa y que capturó la imaginación de muchos protagonistas.
¿Por qué crees tú que la historiografía chilena reciente no se ha hecho cargo de las tropelías y salvajadas cometidas por la tropa en lugares como Mollendo y Lima?
-No es una pregunta que yo este en posición de contestar.
¿Es sensato sostener que la clase alta peruana traicionó a su país al mantener el mismo prejuicio racial que sirvió a la sociedad chilena para desacreditar a sus enemigos nortinos?
-No cabe duda de que la guerra desnudó las profundas fracturas de la sociedad peruana a medio siglo de vida independiente. Como es obvio, el problema de construir una “peruanidad” cohesionada no ha sido sencillo posteriormente.
En ciertas versiones estadounidenses e inglesas, a la Guerra del Pacífico se le conoce como “la guerra del salitre”. Y alguna vez leí, aunque no recuerdo dónde, que el asunto en definitiva se habría tratado de un conflicto soterrado entre Estados Unidos e Inglaterra, potencia que finalmente lo ganó. ¿Qué hay de cierto en ello?
Esa es una de las muchas fórmulas simplificadoras que se elaboraron a través de los años con el fin desplazar -cual fuera haya sido la intención- responsabilidades a fuerzas imperialistas y, por ende, manipuladoras.
¿Quién lleva la razón en el diferendo diplomático entre Perú y Chile que se resolverá el próximo año en La Haya?
Quien sea que obtenga el respaldo de esa instancia internacional, espero que sea el fin cabal del legado jurídico-político de la Guerra del Pacífico. El siglo XXI nos espera con sus grandes desafíos e inmensas oportunidades. La única manera de abordarlos será mediante la integración regional.

La Rebelión de los Lápices. La caricatura del Siglo XIX


La Rebelión de los Lápices. El Perú del Siglo XIX en caricaturas. Exposición que se realizó en la Biblioteca Nacional, abril 2011. Algunas imágenes:


Manuel Jesús Orbegozo. MJO


Profesor  Emérito Manuel Jesús Orbegozo (1923 – 2011); Doctor, Honoris Causa por la UNMSM. En 1989 se publicó (MJO) Entrevistas. Hombres y hechos del Mundo (Lluvia Editores). Este extracto pertenece al texto titulado Jorge Luis Borges. Prendido de mi brazo, páginas 31-32:

… Días antes, Jorge Luis Borges, bajo el pretexto de tomar un café, estuvo en manos de un grupo de criollos intelectuales legítimos y de los otros, ante quienes ratificó que él no creía en una literatura comprometida. Al terminar la reunión uno de ellos me dijo: “Mira, te regalo a Borges con sus libros y todo”. Yo estuve a punto de aceptar el regalo, pero me di cuenta que era demasiado para mí. Me vi obligado a rechazarlo.

- Y, bueno, yo soy sincero, yo escribo para cuatro de mis amigos, más íntimos. Cuando empecé no creí que iba a tener tanto lector, como tampoco pensé que iban a proponerme para el Premio Nóbel, sabiendo que hay tan grandes escritores en mi país y fuera de él, ¿no?.

Borges bebió una largo sorbo de leche como para ahogar su vanidad, esa especie de falsa modestia que es comidilla de sus detractores.

- No, no es falsa modestia, ¿no, María Esther? ¿No es verdad que soy modesto, que soy modesto de verdad? Decílo vos, María Esther!, le impreca a María Esther.

Y, la fiel salta como un resorte de su sofá y dice: “Sí, eres modestísimo, Jorge Luis, vos podés dar lecciones de humildad”.

La alevosía de mi duda ha despertado  más protestas. En el sofá de al lado, hay un hombre de Alabama que está contra la discriminación racial o, ¿será un dominicano que está contra los “marines” norteamericanos? (Yo no sé quién es ese hombre y a mí no me gusta inventar nada, pero también ha protestado. Yo lo miro tercamente y él rehuye mi desafío. Se tapa la cara con el diario que ojea donde se habla de un asesinato brutal).

- Y si el asesino fuera Ud., Borges, ¿cómo reaccionaría?, ¿como el Quijote cuando descubre que en lugar de matar un molino de viento ha matado a un hombre?

Homero o diré, Borges, ha quedado mudo.

El no reacciona de otra manera porque todo esto no es sino una hipótesis, la primera; o reaccionaría, patéticamente, porque Borges está convencido de que él es una proyección de otro yo, del que sería incapaz de cometer un crimen, hipótesis segunda; o, saltando sobre la tercera y la cuarta, Borges sería indiferente porque él sabe bien que el muerto es ilusorio como es el revólver que aún humea en su mano y “él mismo y toda su vida pretérita y los vastos dioses y el Universo”.

- Y, bueno, qué rara la pregunta que me hace Ud. La verdad es que soy cobarde ante el dolor físico, pero creo que he de ser valiente ante la imagen de la muerte; no sé, en fin. Una vez, fui al oculista. Después de examinarme, me dijo: “Dentro de un mes Ud. va a perder la vista”. Yo recibí la noticia con serenidad e indiferencia y estaba por creerme valiente, cuando mi madre me hizo salir de mi duda: “Sentáte, ché, me dijo, porque vas a desmayarte”. Y, bueno, yo no sé dónde reside la valentía… 

“No olvides que la maldad medita”. José Tola


Presentación de Soy puerto para el Bien, soy puerto para el Mal – Editorial Mesa Redonda - de José Tola a cargo de Fernando Ampuero, Raúl Tola y Sandra López. 32 Feria del Libro Ricardo Palma. 22 de octubre 2011.

Una piedra en el zapato de César Hildebrandt. 32. ª Feria del Libro Ricardo Palma.


Presentación de Una piedra en el zapato de César Hildebrandt junto a Nelson Manrique, Maribel De Paz y Jorge Coaguila en la 32. ª Feria del Libro Ricardo Palma. Organizó: Tierra Nueva Editores (Iquitos). Pueden ver un extracto aquí.
Sobre sus referencias literarias, expresó:
“Yo tengo como lector viejo y más o menos sistemático muchos referentes, pero si alguien me pusiera contra la pared y me exigiera que diera nombres, unos cuantos nombres, el primero que me salta es  González Prada, pero también Mariátegui, me refiero al viejo, imagínense que ambigua frase; esos son referentes morales. Referentes literarios muchísmos. Me gusta Congrains, algo de Scorza, Valdelomar, Vargas Llosa, César Moro, algunas cosas de Westphalen, me gusta Vallego, he saqueado a Vallejo y siempre es inagotable, Arguedas, pero también Alegría que fue un gran tipo, los Perros Hambrientos es una gran novela; Jorge Pimentel que tiene cosas estupendas. En el exterior la primera referencia es Sartre. Mi paradigma. El macanudo viejo que se murió haciendo lo suyo. Tratando de animar a la gente a que el descontento se convirtiera en punto de vista, en veto y en solicitud de justicia. Para que el malestar se convirtiera en indignación y la indignación en programa político. Así se murió Sartre. Maravilloso viejo. No claudicó. Yo estaba en el colegio cuando leo la noticia de que Sartre rechaza el premio Nobel de Litetatura. Estaba en el cuarto año de secundaria en el Leoncio Prado. Había leído la Náusea y el primer tomo de los Caminos de la Libertad, El Aplazamiento. Y ya lo admiraba. Sucede normalmente que a lo largo de los años la gente se va apagando, contradiciendo, se va menoscabando y con Sartre no ocurrió. Sartre fue obstinado en su meta y es algo que yo siempre he admirado…”

El holocausto de “Testimonio”. Hildebrandt declara para “Marka”.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 38 seguidores