Lima, la ciudad de los reyes, la horrible

Lima, la ciudad de los reyes, la horrible. Tomado de El Mercurio, 11 de febrero 2018. Texto de Roberto Careaga C. Artes y Letras. 

La gran urbe del sur de América de la Colonia fue por siglos un lugar de esplendor y lujo, pero en el siglo XX se impuso una idea: Vargas Llosa, Ribeyro, Salazar Bondy y hasta Jaime Bayly han sido durísimos con el caos de sus calles, la falta de una estética arquitectónica y su paulatina decadencia. 
A mediados de los 60, el poeta peruano Sebastián Salazar Bondy escribió un intenso ensayo contra la oligarquía de Perú. Él mismo llegó a definirlo como un libelo y, de hecho, debió publicarlo primero en México. “Lima la horrible”, era el título del libro y justamente su retrato de la ciudad funcionaba como un espejo de las relaciones sociales del país: en las calles todo era “obra de la improvisación y la malicia”, decía Salazar Bondy, que atrapó un sentimiento generalizado en la cultura limeña de la época. Pocos años después, Mario Vargas Llosa empezaría su novela “Conversación en La Catedral” con el protagonista mirando el derruido paisaje de la avenida Tacna, una de las principales de Lima, preguntándose: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.
La frase de Vargas Llosa llegó a ser un referente de la narrativa peruana, todavía hoy, mientras que la de Salazar Bondy pasó a ser un lugar común: las palabras para echar mano ante el desgaste que vivió por décadas y hasta siglos una ciudad que en el siglo XVI fue la capital del Virreinato del Perú del Imperio Español. Fue la última gran urbe de la Colonia española al sur de América, llegaron a compararla con Bizancio. Con ecos moriscos de Andalucía, brillaban sus azulejos, sus balcones, sus retablos barrocos, una opulencia a vista de los visitantes. Con el tiempo ha tenido muchos apelativos y ha fascinado y decepcionado a decenas de sus escritores, que han narrado su historia de cambios.
Fundada el 18 de enero de 1535, durante la Colonia fue la ciudad más importante del sur de América. Flanqueada por el desierto costero y el río Rímac, fue instalada en una zona agrícola originalmente llamada Limac, y cuando Francisco Pizarro la fundó la llamó Ciudad de los Reyes. Los primeros relatos dieron de Lima una imagen pastoril y hasta bucólica. El fray Reginaldo de Lizarraga, prior del convento local, dejó esta descripción: “Desde fuera no parece ciudad, sino un bosque con muchas huertas, con naranjos, paltas, granadas y otros árboles frutales de la tierra, por las acequias que por las cuadras pasan”.
Con los años, Lima perdió todo rastro de bosque. En 1639, el sacerdote jesuita Bernabé Cobo estuvo en la ciudad y quedó sorprendido. En su crónica “Historia de la fundación de Lima” escribe: “No es menor la riqueza de esta ciudad, que está en bienes muebles de mercaderes y alhajas de sus moradores. Es tan extraordinario, que pienso no se halla ninguna casa, aun de la gente más humilde y pobre, en que no se vea alguna joya o vaso de plata o de oro; y es tan excesiva la cantidad de estos ricos metales y de piedras preciosas”.
Un siglo después, según el historiador Luis Alberto Sánchez, la ciudad tomaba un aire cosmopolita. “En 1745, Lima lucía cierto empaque de ciudad grande. La vía pública, poblada de cafés y con notoria vida galante, había roto el dique conventual del siglo anterior. Se hablaba de los tiempos idos con cierto desdén y arrogancia”, cuenta. De hecho, en 1802 pasó por ahí el naturalista Alexander Von Humboldt y anotó: “En Lima no he aprendido nada del Perú. Lima está más separada del Perú que de Londres, y aunque en ninguna parte de la América Española se peca por demasiado patriotismo, no conozco ninguna otra en la cual este sentimiento sea más apagado. Un egoísmo frío gobierna a todos”.
De la aldea al caos
Durante la Colonia, en la zona hoy conocida como Barrios Altos de Lima se instalaron conventos y huertas. Solo hacia fines del siglo XIX el lugar fue plenamente poblado y se convirtió en un barrio comercial muy masivo, el preferido por intelectuales y artistas. Pero con los años fue cayendo en decadencia. Su centro neurálgico sigue siendo Cinco Esquinas, que no está muy lejos del Congreso Nacional. Hace dos años, Mario Vargas Llosa ubicó una novela en ese mismo sector, que precisamente se llama “Cinco esquinas”. Por ahí están las oficinas de la revista sensacionalista de Rolando Garro, el oscuro periodista que le sirve al escritor para explorar los años del fujimorismo. Y, como siempre, Vargas Llosa no evita el retrato naturalista. Sin piedad.
En un pasaje, un personaje avanza por el sector de Cinco Esquinas. “Caminó las siete cuadras que separaban el paradero de su casa, pasando por todos los lugares que conocía de memoria (…) la Quinta Heeren que había sido un reducto con las mansiones más elegantes de Lima durante el siglo XIX y era ahora una colección de ruinas que se disputaban los gallinazos, los murciélagos, los drogadictos y los forajidos; la casa de la Limbómana, la abortera; la iglesia del Carmen y el pequeño convento de las Hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción”, se lee. Y luego: “Todas las bodegas habían puesto ya las rejasy atendían solo por un agujero que apenas dejaba pasar pequeños paquetes. Casitas a medio hacer y cochambrosos callejones con un solo caño de agua, vagos y mendigos en las esquinas que, en las noches, se llenaban de traficantes de drogas y prostitutas transeúntes con sus cafiches acechando en la oscuridad”.
No es la primera vez que Vargas Llosa escribe sobre Lima. La ciudad ha sido una constante en su obra, casi siempre como una masa informe pero excitante. El inicio de su novela “Conversación en La Catedral” es un clásico: “Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?”.
Publicada en 1969, la novela daba cuenta, entre otras cosas, de una idea que se había impuesto entre los artistas peruanos: Lima la horrible. El esplendor colonial dio paso a una urbe cosmopolita que tras la Guerra del Pacífico sufriría una herida mortal. A inicios del siglo XX, un aire bucólico la cruzaba: “Cada balcón de Lima, con sus macetas y sus ventanillas enceladas es una carta, un poema confidencial; por la tarde es la lámpara de los recuerdos; tiene el amor de las bellezas y la santidad de la coquetería. Lima es un relicario armónico con cien iglesias campaneras”, escribió en esos años el poeta José María Eguren. Pero no todos eran tan entusiastas “¿Qué es Lima? Una aldea con pretensiones de ciudad. ¿Qué sus casas? Unos galpones con ínfulas de palacios”, escribió el influyente Manuel González Prada.
La aldea terminó definitivamente hacia los años 30 del siglo XX, cuando Lima sumó amplias avenidas que unieron el centro de la ciudad con Callao, Miraflores, Chorrillos y otros suburbios limeños. Y así el poeta y escritor José Gálvez intentaba evaluar los cambios: “El encanto aldeano de Lima desapareció, es verdad; muchos espíritus exageradamente modernistas contribuyeron y siguen contribuyendo implacablemente para hacer de Lima una ciudad sin carácter, y mucho de la vieja y dulce personalidad limeña se ha ido tras el penacho arrebatador del progreso. No debemos negar que hemos ganado y que parece que nos hemos incorporado ya sin cavilaciones al movimiento de la vida universal”, escribió.
Refiriéndose a esos años, en 1977 el escritor Julio Ramón Ribeyro escribió el cuento “El marqués y los gavilanes”, donde retrata la pugna entre la vieja aristocracia limeña y las nuevas clases burguesas. La ciudad es clave para su retrato: “El país se había transformado y se seguía transformando y Lima, en particular, había dejado de ser el hortus clausum virreinal para convertirse en una urbe ruidosa, feísima e industrializada, donde lo más raro que se podía encontrar era un limeño”.
La ciudad como una acelerada máquina de producir ruido y fealdad es la que Salazar Bondy retrató en “Lima la horrible”. Es durísimo: “La city se ha erguido con pobres imitaciones de rascacielos, pero rumbo al Pacifico han surgido barrios populosos (La Victoria, Brena, Lince) y, más cerca del mar, barrios residenciales (San Isidro, Miraflores, Monterrico), todos de caótica arquitectura donde el Tudor y el neocolonial se codean con el contemporáneo calcado, salvo excepciones, de magazines norteamericanos”, dice. “Lima se ha vuelto una urbe donde dos millones de personas se dan de manotazos, en medio de bocinas, radios salvajes, congestiones humanas y otras demencias contemporáneas, para pervivir. Dos millones de seres que se desplazan abriéndose paso entre las fieras que de los hombres hace el subdesarrollo aglomerante”, añade.
Y aunque el título del libro persiste asociado siempre a Salazar Bondy, la frase Lima la horrible no es de él. Es del poeta César Moro, debidamente citado en el ensayo. La idea viene de una carta fechada en 1949, donde Moro se abre a más posibilidades que la fealdad: “¿Es en la realidad tan horrible, tan abrumadora Lima? Sé que es un páramo, que lo cursi, lo mediocre, lo falso imperan sin recurso. Pero, ¿y los seres humanos? ¿O no hay solo ser humano, no existe un solo rostro que valga el exilio?”, escribió. “El problema tremendo de la mayoría es su ceguera para el mundo exterior, cierran las narices para no respirar ni oler el paisaje; cierran los ojos y no ven nada alrededor suyo. El sol, el aire, el mar, ¿no siguen siendo la maravilla de las maravillas? ¿No hay perros, pájaros, plantas?”, añadió.
Lima ha cambiado de nuevo. Acaso hoy sea mucho menos la horrible y mucho más la moderna y cosmopolita, en el marco de Perú cada vez próspero económicamente. Pero, hace poco, Jaime Bayly empezaba su más alabada novela, “La noche es Virgen” (1997), hablando en el primer párrafo de la “Lima de mierda” de la que hay que escapar. En cambio, hace cinco años apareció “Contarlo todo”, de Jeremías Gamboa, una de las novelas peruanas más alabadas de los últimos años: es la historia de un periodista, un aspirante a escritor que se mueve por la ciudad en los últimos días del siglo XX y los primeros del XXI. Todo es desorden, a veces parece Calcuta, y sin embargo ahí está todo: Lima es un laberinto pero tiene miles de barrios donde esconderse y encontrar la inspiración para que el protagonista, Gabriel Lisboa, pueda salvarse.
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La Prensa. Lima, 21 de abril de 1947. El fútbol peruano.

La Prensa. Lima, 21 de abril de 1947. “Ante numeroso público se inició el torneo “Apertura“. “Tabaco se impuso a la “U” y Alianza venció al Sucre”. “Caras nuevas en los teams”. “Continúa la federación haciendo gestiones para el viaje de su representativo a Río de Janeiro”. “Municipal sigue invicto. Ganó al Libertad de Costa Rica por 3 a 0. El cuadro peruano rindió un gran match. Mosquera marcó dos goals y Alcalde uno. Expectativas”. “Clubs de Chile se interesan por los jugadores “rosas” -Sport Boys-. “Dos campeones derrotados”. “Sport Boys le cobró la revancha al Audax“. “¿Quién descenderá Apurímac o Barranco“. ” “Cachorrín está devuelta” “.